En los “carnets de route” Dronne se extiende en describir a algunos de los miembros de La Nueve más conocidos.

 

El primer teniente, adjunto al mando fue  Antonio Van Baumberghen Clarasó. El puesto le correspondía por veteranía (ya hemos hablado de su paso por los Corps Francs d’Afrique) y hay que decir que Dronne siempre le tuvo en un alta estima. Admiraba su “castellanidad” su sentido del honor y sobre todo su formación intelectual, adquirida en la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos. Pero también atribuye a esa misma capacidad intelectual la razón de la desconfianza que causaba entre la tropa, formada por rudos combatientes de origen miliciano, poco propicios a aceptar a alguien tan diferente a ellos...y además español. El caso es que cuando se hicieron visibles las desavenencias entre ellos, el comandante Putz decidió trasladar a “Wamba” (como era conocido Van Baumberghen) a la C.H.R., o compañía de abastecimientos del batallón. Dronne lamentó la decisión aunque se mostró comprensivo con ella.

Su lugar fue ocupado por Amado Granell Mesado, otro veterano del Corps Franc pero con un perfil personal bien distinto. Había cumplido ya los cuarenta, y en su haber tenía desde el paso por la Legión a los veintipocos años a una larga  trayectoria durante la Guerra Civil, que le había llevado desde el Batallón de Hierro al mando de la 49 Brigada Mixta, pasando por varios intentos de creación de unidades motorizadas de ametralladoras. A diferencia de “Wamba”, sintonizaba bien con la tropa y era más flexible y conciliador, a lo que no debía ser ajena su experiencia en el mando de tropas parecidas durante la Guerra Civil. A pesar de que Dronne siempre habla de él con el máximo respeto, se dice que no fue generoso con su papel en la liberación de París, que según algunos habría sido más importante que el del propio Dronne. Granell fue el teniente de La Nueve hasta finales de noviembre de 1944 cuando enfermo y agotado fue sustituido por el teniente francés Dehen. Fue de los pocos supervivientes de La Nueve que regresó a España, donde falleció el 12 de mayo de 1972 en accidente de tráfico.

La Primera Sección de Combate estaba mandada por el sous-lieutenant Montoya, un antiguo oficial de carabineros, cuerpo mimado por Negrín. Dronne habla de sus diferencias con los otros oficiales españoles, y de cómo se afianzó en el mando a lo largo de la guerra. Después de la guerra llegó a comandante en la Legión.El adjunto de Montoya era el sergent-chef Moreno, a quien Drone reserva excelentes calificativos: hombre calmoso, de juicio mesurado, lúcido y valeroso sin ostentación. Era madrileño y tipógrafo, por lo que casi con seguridad era socialista. Miliciano de hora temprana, comprendió la necesidad de la disciplina y la organización, y fue seleccionado para seguir  cursos de formación militar. Llegó a ser jefe de estado mayor de la 67 Brigada Mixta, y  fue otro de los que escaparon de Alicante a bordo del Stambrook.También estaban Gualda, un mecánico de Granada, que tenía una extraordinaria facilidad para dormirse al volante, y Zubieta, de Almería, boxeador campeón de España y tonelero. Y Lucas Camons, también andaluz, jefe de half-track y del cañón anticarro que manejaba con maestría el gallego López Cariño, quien haría saltar cinco vehículos alemanes en la batalla de Ecouché. Éste último había sido protagonista de una rocambolesca fuga de España, desde Alicante, a bordo de una “patera” de la época. Y finalmente no podemos olvidar a Luis Royo, alias “Julián Escudero”, conductor del “Madrid”, ex legionario y, actualmente, memoria viva de “La Nueve”.

 

La Segunda Sección de Combate estaba mandada por el sous-lieutenant Michel Elías, un pied noir de origen español. Su adjunto, el que llegaría a ser adjudant Garcés, era un zaragozano llamado en realidad Martín Bernal. Había sido matador de toros con el sobrenombre de Larita II. Hecho prisionero por los franquistas al final de la guerra civil, se había evadido y había alcanzado Francia. Se le exigió el alistamiento en el ejército francés, lo que él confundió con embarcarse en un buque de la marina: para él, “l’armée” era la Armada, la Marina, y protestaba porque jamás se había subido en un barco. Por supuesto, acabó en la Legión.

Martín Bernal aparece en numerosas fotos de “La Nueve” que se han publicado, probablemente porque él mismo las proporcionó. Era un tipo alto y grande, “ de coraje tranquilo, con humor y gentileza”, diría de él Dronne.

Dos personajes a los que se refiere Dronne, también en la Segunda Sección, eran “Fernandel”, llamado así por su parecido con el actor francés del mismo nombre, y “El Gitano”, que, real o supuesto, sería ese calé que no podía faltar en un grupo de españoles que se precie. Nunca habló una palabra de francés, y después de la guerra vendía helados en los Campos Elíseos.

 

La Tercera Sección de Combate la mandaba el canario Miguel Campos que, sin duda, fue el preferido de Dronne (“era un fenómeno, un coloso”, diría de él) y probablemente el mejor combatiente de La Nueve. Era anarquista, como la mayoría de los componentes de su sección. Había llegado a Oran desde España, al final de la guerra, y también había estado en los Corps Francs d’Afrique. Se hizo popular atrayendo a “La Nueve” a un buen número de españoles pertenecientes a la Legión Extranjera que desertaron para unirse a la nueva unidad “española”. Fue nombrado adjudant-chef y obtuvo el mando de la tercera sección de La Nueve, sobre cuyos miembros ejercía un gran liderazgo, aunque no fuera así en las otras secciones. Se le recuerda como un jefe dotado de un enorme sentido de la iniciativa, astuto y rápido de reflejos para la toma de decisiones. Su sangre fría y su audacia le impulsaban a internarse en solitario tras las líneas enemigas “au couteau et à la grenade”, como nos diría un veterano que le conoció, para dar golpes de mano contra la retaguardia alemana. Estaba muy motivado como militante anarquista, y existe una leyenda, coincidente con el testimonio de Dronne, según la cual hacia finales de 1944 habría creado un “cuerpo franco” personal con varios españoles adheridos secretamente a “La Nueve” que, en un half-track conseguido de los estadounidenses en un incidente que relata el propio Dronne, se dedicarían a recoger armamento con objeto de hacerlo llegar a la guerrilla antifranquista. Su final en la compañía tuvo bastante de misterioso puesto que, desaparecido el 14 de diciembre de 1944 en el curso de una de sus misiones en solitario, nunca se encontró su cuerpo lo que sostuvo toda clase de teorías sobre su destino final: que había vuelto a España para incorporarse a la guerrilla, que se había instalado en el norte de África...El caso es nunca más se supo de él.

 

Campos formaba “sociedad” con otro anarquista, el sergent-chef  “Fábregas”, su adjunto al mando de la sección. Su verdadero nombre era David Ramón Etarict (según otras fuentes, Etoriot, o Estarit), y además de la identidad ideológica les unía un fuerte afecto personal. De hecho, Dronne afirma que Campos no volvió a ser el mismo después de que su amigo “Fábregas” muriera, el 14 de octubre de 1944, durante una patrulla de combate. Según el capitán, “Fábregas” era hijo de un industrial catalán y se había educado en Gran Bretaña (hablaba muy bien el inglés), pero durante la guerra se había adherido al anarquismo como un miliciano más. Era cultivado e inteligente como “Wamba”, pero hacía del desaliño personal una seña de identidad. “De momento, soy un soldado. Ya cuidaré mi aspecto cuando vuelva a ser civil” También se refería a su ideología anarquista en términos más bien melancólicos: “La personas son siempre víctimas de las opiniones que han tenido a los veinte años”, decía.

 

A propósito del nombre “Fábregas” hay que decir que el uso de “nombres de guerra” en “La Nueve” era frecuente, y no era una excepción de esa compañía: recordemos que incluso “Leclerc” era, en sí mismo, el nombre supuesto de Philippe d’Hauteclocque.Al adoptarlo se pretendía, en algunos casos, salvaguardar a las familias si se era capturado, o simplemente eludir problemas con respecto al pasado más inmediato. El deseo de clandestinidad llevó a algunos a negarse a posar en la famosa foto en la que aparece La Nueve casi al completo, durante su estancia en Inglaterra.

 

Otro famoso  miembro de la Tercera Sección de Combate era Johann (también llamado “Juan”, “Juanito” o “Jean”) Reiter. Típico alemán antifascista, su padre había sido un oficial del ejército del Káiser, que  posteriormente sería ejecutado por los nazis. El mismo Johann había sido cadete en Munich durante la República de Weimar. Contaba una historia novelesca según la cual se habría alistado en la Legión Extranjera, donde habría  sido secuestrado por suboficiales alemanes y llevado a su país, donde fue encarcelado. Se evadió, volvió a la Legión, fue desmovilizado y entonces fue a España, donde al comenzar la Guerra Civil se habría puesto al servicio de los republicanos, primero en las milicias y luego, como oficial, en el Ejército Popular. Al final dela guerra llegó a Oran, fue internado en el campo de Moran y tras diversas peripecias terminó alistándose en los Corps Francs d’Afrique, uno de los antecedentes del RMT. Su trayectoria guerrera se prolongaría hasta Indochina,y hay quien asegura que existe una entrevista con él realizada por TVE en los años setenta.

 

Dronne cuenta bastantes anécdotas sobre los españoles, dibujando caracteres y detalles que sirven para hacerse una idea de cómo eran en el trato diario. Algunos sentían pasión por la baraja, que acompañaban sobre la mesa con el cuchillo o la pistola, y también, en exceso, por los relojes de los prisioneros enemigos. Pero eran generosos y solidarios, propicios a hacer colectas a favor de las viudas o las madres de sus camaradas muertos. Carecían de espíritu militar, y entre ellos no faltaban los antimilitaristas, pero eso no les impedía ser “magníficos soldados, guerreros valerosos y experimentados” como reconocería su capitán.

Dice Dronne en “Carnets de Route”: “Se habían enrolado con nosotros, habían abrazado nuestra causa espontánea y voluntariamente, porque era la causa de la libertad. Eran, verdaderamente, combatientes de la libertad. Bastantes de ellos cayeron. Las tumbas de sus muertos jalonan la ruta gloriosa y dolorosa que siguieron desde Normandía a Berchtesgaden, y los supervivientes tuvieron el orgullo y la satisfacción de terminar la guerra en el santuario del nazismo. A medida que se fueron produciendo bajas, éstas fueron cubiertas por jóvenes franceses, sobre todo en los combates de Los Vosgos y Alsacia. Los veteranos de la Compañía acogían a los reemplazos no como a novatos sino como a sus hijos. Los formaron, los protegieron, les instruyeron sobre el terreno, les adoptaron. Ese no fue el menor de sus méritos”.

 

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